Click.
Él jamás bebía café, o eso le había dicho, pero ella lo necesitaba como un bálsamo de Fierabrás después de noches demasiado largas, demasiado breves.
Hocicaba, como un gato, el líquido caliente matizado de canela, y pensó en el vente, y en el veinte.
Sonreía.
Lejos, muy lejos, quedaban Viena y Bratislava y las arenas de Budapest.
Click.
Había perdido la cuenta de las veces (aunque no tenía por qué perderla, una vez por día o a veces dos, no era difícil) que se había duchado en casa desde aquella noche, pero aún sentía el agua, tan distinta, más dura o con más cal, daba lo mismo porque la sed les había hecho beberla casi a litros, beberse el agua que resbalaba por los labios y la barbilla del otro [la aspereza de su piel, grabada en cada poro]. Sentía el agua tibia corriendo por su cuerpo aún sacudido por Meds y hollado por sus besos de agua y de arena y de promesas que sonaban foráneas y que calaban hondo, muy hondo. También podía sentirlas, anidadas entre los cabellos húmedos que le cubrían la nuca.
(visto en keepthesethoughts)
Click.
Si vienes, le decía su voz a tantos kilómetros y sin embargo con el mismo ruido de fondo, una moto que cruza la calle vacía [el verano en las ciudades grandes es eso y coches aislados, camiones automáticos, músicas en un segundo, algún que otro grito] te llevaré al mar, y describía la ciudad prodigiosa con detalle, un olor, un sabor, la sal en los labios y el viento orlado de gaviotas.
[Pensó en las calles heridas, en el sol de plomo, en los obeliscos de granito].
Faltaba el mar, faltaría siempre.
Si vienes, no sabré dónde llevarte. Pero te prometo los mejores trayectos de metro.
Click.
Había convertido su vida en una ficción en la que la realidad era un interminable trayecto de metro sin la más remota posibilidad de soñar con California.
Alguien le había dicho, alguna vez, que se parecía a Faye Wong.
Ella había dicho mucho después a otra persona, o a otro narratario, qué más daba, que aquello se parecía sospechosamente a una película de Wong Kar-Wai.
Click.
Le acariciaba la piel de una mejilla que había mordido la noche anterior como se muerde una fruta prohibida, tan poético, tan típico; le acariciaba la piel hollada por sus besos y sus risas, y ya era hora de irse y lo sabían como lo habían sabido siempre pero fue entonces cuando dejaron morir el caudal de las palabras, poco a poco; y fue entonces cuando ella se dio cuenta de cuánto echaría de menos el mar y un otoño que aún no había llegado.
(Lo pinta Alessandro Baronciani.)
No sé muy bien cómo he llegado, pero digo yo que en algún momento habrá que bajar.
Balancing Girl by Jamie McKelvie
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(via cassandramelena)